Por Marilys Suárez Moreno
Simiente de cuanto fruto hermoso da la vida, musa de artistas y poetas, relámpago de amor e inspiración en cada una de las cinco letras que componen su nombre: ¡Mujer! La palabra parece cobrar vida, hechizada quizá tras tanta luz y pasión, tras tanto obrar y hacerse imprescindible en la existencia de todos.
No importa su edad, color o credo cuando multiplicada en madre, esposa, trabajadora, campesina, estudiante, renombrada científica o ministra, porque siempre será nuestra compañera de vivencias, infortunios o realidades para los suyos.
Sobran ejemplos de su coraje y valentía, entrega y patriotismo, demostrando la veracidad del apotegma martiano que dice: [...] las campañas de los pueblos sólo son débiles, cuando en ellas no se alista el corazón de las mujeres.
Ella es también obrera, ocupada, maestra, enseñando en un aula; médica inmersa en salvar vidas, artista entregando su arte, artesana o ejecutiva, pero también soldado y mujer de tiempos heroicos y difíciles, que anda las calles de su ciudad y habita sus campos.
Mujer cubana: capaz en su entrega, cuando lo justo se anida en lo grandioso de una causa. Partícipe activa de cuánto hacemos; batalladora incansable por la igualdad, se crece ante los desafíos y renueva retos en una especie de magia cotidiana.
Así son ellas, razón de ser de la esperanza, fuego fecundo en días de grandeza. Dedicarles una jornada es merecido homenaje; honrarlas siempre es andar con ellas de manos de la vida.

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