Por Marilys Suárez Moreno
Quemar por decisión propia lo que se ama: casa, pertenencias, recuerdos, todo lo que se ha construido con el trabajo, el esfuerzo propio y el amor de los padres, la familia toda, no es cosa que se vea como normal y consciente. No lo es, pero eso lo hizo un pueblo del Oriente cubano hace justamente 157 años.
¿Qué obligó a los habitantes de Bayamo, hoy Ciudad Monumento y por entonces una villa de apenas 10 mil habitantes, a tomar tamaña decisión? Incendiar, pegar fuego, hacer arder sus casas, el lugar donde nacieron y crecieron y amaban, al extremo de convertir su ciudad en cenizas.
Solo su patriotismo y la decisión de luchar contra el colonialismo español que los sojuzgaba. Querían solo eso, al costo que fuera, prefirieron quemarlo todo antes que ver a su ciudad esclava, sometida.
Aquella madrugada del 12 de enero de 1869, la segunda villa fundada por Diego Velázquez en 1513, quedó reducida a escombros y cenizas después de que moradores, reunidos en el ayuntamiento local tomaran la decisión.
Por tres días habían luchado bravamente contra fuerzas superiores en armas y armamentos. Las autoridades coloniales, molestas por la pérdida de aquel bastión cubano que consideraban suyo, iban a reconquistarla y para ello encomendaron a Blas Villate, conde de Valmaseda, posesionado ya en las cercanías de Bayamo.
Sin apenas fusiles ni balas, poco podían hacer los bayameses. Perucho Figueredo, un reconocido abogado y el autor del Himno Nacional cubano, entonado por vez primera el 20 de octubre de 1868 en esa plaza bayamesa, fue claro y tajante al hablarle a su pueblo. "No tenemos cómo defenderla, ni balas para enfrentar nuevamente al enemigo, no queda otro camino que inmolarlo todo, absolutamente todo".
No se dijo más, no hacía falta. Hombres, mujeres, ancianos, niños y jóvenes, salieron rumbo a sus casas con la decisión de quemarlas. Perucho Figueredo y su familia, el primero.
Semanas antes, su hija de 16 años, Candelaria Figueredo, a quien llamaban Canducha, había recorrido sus calles al frente de la división mambisa, feliz de ser su abanderada, en los días de la toma de Bayamo por las tropas independentistas encabezadas por el Padre de la Patria, Carlos Manuel de Céspedes.
Y Bayamo ardió, casi de manera simultánea, el ejemplo se multiplicó entre las familias más ricas, negociantes, hacendados, trabajadores, campesinos y las familias menos favorecidas económicamente.
Casas señoriales, bohíos, residencias, negocios, parques, iglesias y plazas, fueron pasto de las llamas. Dicen que solo quedó en pie la capilla de Nuestra Señora de los Dolores, edificada en 1740.
Y eso fue lo que encontró la bota colonial al pisar la tierra bayamesa, cuna de nuestra nacionalidad: ruinas, escombros, cenizas. Una ciudad fantasma, abandonada por sus dignos y valientes moradores, quienes cogieron lo imprescindible y enrumbaron hacia la manigua redentora en su gran mayoría. Otros, quizás, se asentaron en otras localidades, para empezar de cero.
Los más, continuaron su lucha incansable por una Cuba libre del yugo colonial español, tras una guerra que duró 10 años, pero abrió el camino de una lucha de más de un siglo hasta la ansiada libertad e independencia de Cuba.

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