Por Marilys Zayas Shuman
América Latina vuelve a entrar en un ciclo de bajo crecimiento. La CEPAL advierte que la región acumula ya cuatro años consecutivos de expansión insuficiente y que en 2026 el panorama será aún más frágil, con un consumo privado debilitado, una demanda externa en retroceso y una inversión que no logra despegar. Pero detrás de estas cifras —que suelen presentarse como neutras, técnicas, inevitables— hay un rostro que rara vez se nombra: el de las mujeres que sostienen, con su tiempo y su cuerpo, los vacíos que deja un modelo económico capitalista que no termina de transformarse.
Cuando la economía se desacelera, la primera línea de impacto no está en los mercados financieros, sino en los hogares. Allí donde el empleo formal se reduce, donde los ingresos se vuelven inestables, donde la informalidad crece, son las mujeres quienes absorben la tensión. No porque “naturalmente” estén mejor preparadas para hacerlo, sino porque las estructuras sociales siguen asignándoles la responsabilidad del cuidado, del sostenimiento emocional, de la administración de la escasez. La CEPAL lo ha dicho con claridad en informes recientes: sin políticas redistributivas, sin inversión social, sin sistemas de cuidado robustos, el crecimiento —cuando existe— no se traduce en igualdad.
La región enfrenta un escenario en el que la creación de empleo formal se desacelera, el crédito se encarece y los Estados ajustan sus presupuestos. En ese contexto, las mujeres —especialmente las afrodescendientes, indígenas, rurales y migrantes— quedan atrapadas en un círculo que combina precariedad laboral, sobrecarga de cuidados y menor acceso a oportunidades productivas. La informalidad, que ya afecta a más de la mitad de las trabajadoras en varios países, se convierte en la única puerta disponible, aunque sea una puerta que conduce a la vulnerabilidad.
Pero hay algo más profundo que este ciclo económico revela: la persistencia de un modelo que sigue sin reconocer el valor económico del cuidado. Mientras los indicadores se concentran en el PIB, la productividad o la inversión, millones de horas de trabajo no remunerado —realizadas mayoritariamente por mujeres— sostienen la vida cotidiana y amortiguan los efectos de la crisis. Ese trabajo invisible es el que permite que los hogares funcionen, que niños y niñas estudien, que los enfermos se recuperen, que los adultos mayores no queden abandonados. Sin embargo, sigue sin aparecer en las cuentas nacionales, sin recibir remuneración, sin ser considerado infraestructura esencial.
La CEPAL insiste en la necesidad de avanzar hacia una “transformación productiva con igualdad”, pero esa transformación no será posible si no se coloca el cuidado en el centro del desarrollo. No como un apéndice social, sino como un sector estratégico capaz de generar empleo, redistribuir tiempo y dignificar vidas. La región necesita sistemas integrales de cuidado, inversión pública sostenida y políticas fiscales que no recorten siempre en los mismos lugares. Necesita, sobre todo, reconocer que la igualdad de género no es un lujo para tiempos de bonanza, sino una condición para la estabilidad económica y democrática.
Sabemos que las cifras no cuentan toda la historia. Sabemos que detrás de cada punto porcentual hay cuerpos cansados, creatividad cotidiana, redes comunitarias que se activan cuando el Estado se retira, y una memoria larga de resistencia femenina frente a la precariedad. Sabemos también que la economía no es solo un conjunto de indicadores, sino un territorio donde se disputan sentidos, prioridades y futuros posibles.
Por eso, ante este nuevo ciclo de bajo crecimiento, la pregunta no es solo cómo crecer más, sino cómo crecer de manera justa. Cómo construir un modelo que no dependa del sacrificio silencioso de las mujeres. Cómo imaginar un desarrollo que no se sostenga sobre lo invisible, sino que lo reconozca, lo valore y lo redistribuya.
La advertencia de la CEPAL no es solo un diagnóstico económico. Es una invitación —o una urgencia— a repensar el pacto social de la región. Y en ese pacto, las mujeres no pueden seguir siendo el recurso inagotable que compensa las fallas del sistema. Deben ser protagonistas de la transformación, no espectadoras de un crecimiento que nunca termina de llegar a sus vidas.

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