Su nombre es bien conocido en toda Cuba, y también en buena parte del mundo. Haydée Santamaría Cuadrado y Melba Hernández Rodríguez del Rey pasaron a la posteridad como las dos heroínas del Moncada. Ambas traspasaron fechas y acontecimientos y también rompieron cánones. Fueron las dos únicas mujeres participantes en el histórico asalto al cuartel Moncada, el 26 de julio de 1953-
Sus vidas enrumbaron en los trajines de la lucha clandestina y revolucionaria que ambas compartían, pues formaban parte del grupo liderado por Fidel y Abel, hermano de Haydée, o Yeyé, como la llamaban todos.
Nacida en Encrucijada, Villa Clara, el 30 de diciembre de 1922, su infancia transcurrió en el otrora Central Constancia, hasta que se trasladó para la capital a fin de reunirse con su hermano, quien alquilaba un pequeño apartamento en 25 y O, en El Vedado, devenido sede de los futuros moncadistas, hoy convertido en museo.
Allí conoció a Fidel y con su hermano Abel se incorporó de lleno a la lucha revolucionaria Al igual que Abel, Yeyé perteneció al Partido Ortodoxo que lideraba Eduardo Chibás, pues desde siempre su afán de justicia buscaba cauces para sacudir los letargos de una sociedad cansada y adolorida.
Fue en aquel apartamento que conoció a Melba. Transcurría la primavera de 1952 y ambas mujeres inmersas como estaban en los trajines de la lucha revolucionaria, vieron sus vidas confluir, pues compartían las mismas ideas martianas, lucha revolucionaria y sueños de redención con el grupo liderado por Fidel y Abel que pasó a la historia como la Generación del Centenario, por las ideas martianas que sustentaban.
Haydée gustaba de pasar el día de su cumpleaños con la familia, aprovechando los festejos por el advenimiento del nuevo año. Todos se reunían en la casa familiar, así hicieron los dos hermanos en los días previos al ataque al cuartel Moncada. Tarde en la noche, ya en la despedida, Abel quiso cargar a su sobrina, hija de su hermana Aida y esta se opuso para que no la despertara, pero Haydée le dijo que lo dejara, porque quizás esa fuera la última vez que lo hiciera, como así sucedió.
Partirían poco después rumbo a Santiago de Cuba, asumiendo de entrada la parte que se le asignó a ella y a Melba en el histórico ataque al cuartel Moncada, aquel domingo de la Santa Ana. “Si estamos en pugna abierta contra cualquier tipo de discriminación, ¿por qué establecer en esto distinciones?, dijeron a Fidel en su deseo de protegerlas.
Testigos excepcionales de aquellos hechos, en los que participaron activamente enroladas en el grupo que dirigía Abel Santamaría y que tenía como misión la toma del Hospital Civil Saturnino Lora de esa Ciudad, alzaron valientes sus voces para denunciar los asesinatos de una veintena de combatientes, encabezados por Abel, segundo jefe del Movimiento, cruelmente torturado y el de Boris Luis Santa Coloma, novio de Yeyé.
Tras los sucesos del Moncada fueron hechas prisioneras, pero una vez excarceladas, Fidel le encomendó a Haydee la divulgación clandestina del Manifiesto a Cuba que sufre, y lo que se consideró la tarea más culminante: editar y distribuir La historia me absolverá, reconstruida por Fidel hoja por hoja durante su encarcelamiento en el Presidio Modelo, tarea que las dos mujeres cumplieron fielmente.
Tras su salida de la cárcel. Yeyé integró la dirección nacional del Movimiento 26 de Julio y apoyó de disímiles maneras al destacamento guerrillero que encabezaba Fidel en la Sierra Maestra. Viajó a los Estados Unidos con órdenes expresas de este, con vistas al acopio de armas y avituallamiento para la lucha guerrillera.
Finalizando el año 1956, y en espera de la inminente llegada del Granma a tierras cubanas, Haydée se encontraba entre los organizadores del alzamiento armado del 30 de noviembre en Santiago de Cuba, dirigido por Frank País y que estremeció a esa ciudad y a todo el país. La secundaban otras mujeres heroicas, como Vilma Espín, luchadora clandestina y guerrillera en el Segundo Frente Oriental que luego ostentaría la presidencia de la Federación de Mujeres Cubanas.
Triunfante la Revolución dirigió La Casa de las Américas, que bajo su mandato cumplió una intensa labor de difusión de los valores y cultura de lo que Martí llamara “Nuestra América. Allí permaneció como alma y luz de esa institución, hasta su muerte.
Su afán de justicia, su inmenso humanismo y sentido del deber, guiaron siempre sus pasos. Pero nunca pudo olvidar la idea de la muerte que tan cerca sintió y vivió y opacaron sus ojos de sobreviviente y de heroína, de resucitada, al decir del gran Cintio Vitier.
En 1980, de un balazo, se quitó la vida, una vida que desde hacía mucho había quedado entre los muros ensangrentados del Moncada, entre los cuerpos inertes de que los que allí cayeron, torturados y asesinados casi todos, como su querido Abel y Boris Luis, su novio.

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