Por Zucely Almarales
Es una tarde de abril; tiene en el mármol de la sala un cesto gris repleto de ropa por blanquear, en sus piernas un gato que la acompaña en las noches y en su dedo anular conserva aún un anillo de compromiso que le da vértigo mirar. Ella se queda mirando las formas, los colores; sobrevive en el desapego, en la distancia de mirar. Pasan los tramos de tiempo necesarios y, a fuerza de silencio y autodiscursos convincentes, cree estar, por fin, en el centímetro adecuado del amor.
Laura Navarro, Lauri, como prefiere ser llamada, nació en La Habana y dice que creció sin saber que era autista; uno de los tantos casos de diagnóstico tardío. A los seis años le decían que era tímida, a los diez que era demasiado callada, pero eso era “lo normal en las niñas”. Luego de los 15 comenzaron a decirle que era “rara” pero nadie supo ver que detrás de su silencio y su distracción había una condición: autismo.