Por Marilys Suárez Moreno
Hay un momento en la infancia que se puede calificar de “mágico”, y no debe preocuparnos si en la edad preescolar la niña o el niño inventa historias, compañeros de juegos, interlocutores invisibles, “presencias” que responden al fruto de su imaginación altamente desarrollada.
Después de los cuatro años de edad, los menores hablan de “hazañas” que realizaron o vieron, y que no ocurrieron o acontecieron de modo mucho menos “heroico” o espectacular.
Invenciones que obedecen a un mecanismo psíquico muy distinto del de la mentira, porque en gran parte es inconsciente, y castigarlo y llamarle mentiroso constituye un error.
Mediante la fantasía las infancias se liberan de las restricciones que a su corta edad le imponemos y, con sólo cuatro o cinco años y su mucha imaginación, ya se consideran doctores, maestras, artistas o soldados y se reconocen y actúan con la misma seriedad con que lo haría un profesional avezado, máxime si tiene cerca el ejemplo de sus padres, profesionales o no.
La ilusión constituye una de las posibilidades del ser humano que más desarrollo le brinda al infante. Siempre y cuando no se mal encamine o se malogre por la ignorancia de los adultos.
Con ella puede suplir la falta de algún juguete y hasta la ausencia de otro niño o niña con quien jugar. Así, una caja puede convertirse en una carriola, un cochecito o una locomotora con vagones. Además ayuda en su desarrollo social y en todos los aspectos relacionados con este proceso.
Todo este mundo fantasioso le sirve también para ir adaptándose al medio, ya que su desbordante imaginación le permite buscar soluciones, formas de actuar y de expresarse y un universo de acciones que le facilitan luego actividades que irán presentándose con los años.
Confundir la mentira, generalmente intencional, con la invención o la fantasía de la niñez resulta frustrante para el pequeño ser. No lo menosprecie diciéndole mentiroso, utilizando frases, gestos, sonrisas irónicas o burlándose.
Lo mejor es creerle pero, a medida que vaya creciendo, ayudarlo a distinguir lo verdadero de lo imaginario, haciendo de la verdad un principio moral en su conducta cotidiana.
Con el tiempo, comprenderá, mientras tanto, comparta con su hijo o hija ese desbordante aluvión de ilusiones naturales propias de su edad que ayudan a la fantasía y que por lo general no cuestan nada, a lo más un poquito de esfuerzo.
No cortemos su imaginación, mejor procuremos encauzarlas. Las ilusiones constituyen una gran reserva para enfrentarse con la realidad de la edad adulta.

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