Por Aime Sosa Pompa
Desde el Reparto Escambray en Santa Clara me llega una foto del fogón de Marlenis Rodríguez donde el artefacto parece un faro en pleno día. Es una de las imágenes más comunes en los miles de edificios multifamiliares del archipiélago.
Podría imaginarla en un gran mosaico de otras instantáneas: una mujer inclinada sobre un recipiente metálico, abanicando con algo que bien podría ser una tapa vieja o un cartón, soplando de vez en cuando hasta que la garganta sostenga y las manos con las marcas de ese tizne que nadie puede predecir.
Sus palabras por WhatsApp se parecen a otras que llegan desde la impotencia de saber que mañana puede seguir subiendo el saco o la lata de carbón y rozar o pasar los 5 mil pesos, mientras hay bodegas que están vendiendo a 350 la lata.
Ella me asegura que encender esos trozos negros es una odisea. "El hollín en la casa tiene las paredes que ya no son blancas, las uñas son un asco", leo su mensaje mientras imagino miles de paredes como el patiecito de mi apartamento allá en uno de los 18 plantas de Garzón en Santiago de Cuba, donde el humo debe haber dibujado capas de recuerdos negros sobre el blanco original.
Marlenis ha aprendido a darle candela al carbón de varias formas, "pero siempre hay que usar palitos, jabitas de nylon u otra cosa para mantenerlo encendido mientras se calienta y enciende porque con petróleo solamente se consume el combustible y no prende".
Cada una de las experiencias parecen libros de posibles consejos, que se remontan sobre todo a aquel momento del periodo especial que tan calado quedó en las memorias de todos los que llegaron al fondo en sus propias odiseas.
"Hay que ponerlo en posición que respire por debajo y echarle aire. Hacer todo eso cada vez que necesites usar la cocina porque de lo contrario es mantener la braza encendida y se gasta el carbón que está a 4000 pesos el saco. Es preferible comprar el gas en 50 USD que te va a durar meses que ponerse a comprar el carbón que sube de precio por semana y se acaba rápido. También es el tipo de carbón que compras". Su conversación se interrumpe con la caída de la conexión o el inicio de uno de esos apagones que emulan con la rapidez adquirida de hacerlo todo en apenas 2 horas de alumbrón.
Mientras recuerdo mi propia experiencia con Beliña, Isabel Cristina Martín González, en su casa en Santa María del Rosario. Yo en realidad no hice nada, solo animar con algunos incentivos de hojarascas el fogón, mientras se ablandaban unas yucas para una de las recetas que preparó mi amiga dietista y máster en Nutrición de Salud Pública.
Le cuento que ando recogiendo testimonios sobre cocinar con carbón en todo el pais y Beliña no se anda con rodeos: "De lo que me dices, lo único que puedo decirte es que, independientemente de que los alimentos se cocinan rápido y hasta algunas preparaciones pueden mejorar su sabor, como es el caso del congri hecho en caldero al carbón, en este momento no deja de ser un gran fastidio el uso del mismo, sin contar el precio tan elevado del producto".
Llega a su infancia donde hay una perspectiva distinta. "Yo recuerdo de niña, durante el tiempo de la insurrección armada, por más de un año, vivimos en una finca en Las Tunas y mi abuela lo cocinaba todo con carbón y para mí, aquello era lo más normal del mundo. Ella hacía el congri en caldero y al final lo cubría con un papel de cartucho, te juro que no sé que se lograba con esa práctica”.
"No creo que mi criterio sea muy útil", dice con modestia, aunque sus palabras pesan más de lo que ella supone. “Ahora me resulta bastante incómodo, sobre todo el prenderlo de inicio. Siempre que no hay corriente, algo muy frecuente y prolongado, debemos cocinar con carbón o leña. Usamos como leña con muy buen resultado, las vainas de framboyán. En la fogata o en el carbón cocinamos todo, hacemos café en la cafetera, se hierve leche, en fin, todo al igual que cuando se cocina con electricidad o con gas”.
Su afirmación me lleva a los mitos y al uso que se le da cotidianamente al carbón. “Desde el punto de vista nutricional, los valores para los alimentos terminados es el mismo que cuando se utiliza otro método, las pérdidas de nutrientes están dadas más bien, por el tiempo prolongado innecesariamente o por determinados métodos de cocción como es la freidura”.
Y me añade un consejo práctico que parece haberse pulido no sé si con la buena memoria, con las cosas que llegan de estos tiempos o con los años: "Ah y se me olvidó decirte que para iniciar la candela usamos las hojas de plátano secas y prenden de inmediato sin necesidad de alcohol.”
Creo que ya nadie idealiza el carbón, ni lo desnuda, no hay frialdad de ciencias ni las melancolías de las memorias. Marta lo sabe y me manda un vídeo donde me muestra las brasas que pudo lograr, lo que la convierte en otra entre decenas de cubanas que ha encendido el fuego con resignación y la fuerza de una resistencia combinada.



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