Texto y fotos: Eileen Esther Molina Fernández
El laboratorio del Hospital Universitario Docente Gustavo Aldereguía Lima, en la ciudad costera de Gibara, Holguín, es la segunda casa de Melvys Sablón García. Allí despliega su vocación de microbióloga y se convierte en una mujer plena y realizada.
Aunque estudiar esta carrera implicó un enorme sacrificio, hoy disfruta del cariño de sus pacientes y compañeros de trabajo en ese centro asistencial, cuya nueva sede ofrece mejores condiciones para el ejercicio de la especialidad.
De sus años como estudiante en la Universidad de Ciencias Médicas Frank País García, ubicada en el propio municipio de Gibara, recuerda la sólida preparación de sus docentes y la fascinación inmediata que sintió por la microbiología clínica.
Sus méritos académicos la llevaron a cursar esta rama de la Medicina directamente en el Centro Provincial de Higiene, Epidemiología y Microbiología, una modalidad destinada a potenciar la formación de jóvenes profesionales en el territorio.
Como uno de los mayores premios a su esfuerzo y dedicación, Melvys considera su año de formación en el Instituto de Medicina Tropical Pedro Kourí, en La Habana, donde pudo aplicar los conocimientos adquiridos. Allí conoció a científicos notables, entre ellos la doctora María Guadalupe Guzmán, y describe esos 12 meses como una fuente invaluable de saberes sobre enfermedades incluso erradicadas en Cuba, pero que siguen siendo objeto de estudio para los especialistas.
En su tránsito entre Gibara, Holguín y La Habana, creció hasta convertirse en una profesional íntegra, ya graduada cuando se detectaron los primeros casos de COVID-19 en la región oriental. Confiesa que no fue fácil mantenerse lejos de su hogar y su familia; enfrentó momentos muy duros durante el azote de la pandemia, pero también encontró una familia entre profesores y colaboradores.
En esos días surgieron amistades para toda la vida. Aunque fue un periodo difícil, estuvo lleno de experiencias, aprendizajes y crecimiento personal y colectivo, en medio de las complejidades generadas por la enfermedad.
Otro gran reto fue combinar el trabajo con la satisfacción de ser madre de una niña de 12 años. Los microbiólogos suelen ser exigentes y meticulosos con la limpieza y el orden; sin embargo, cuando hay amor, ambas responsabilidades pueden convivir sin dificultad.
Entre las cuatro paredes del laboratorio, esta joven doctora encontró su realización como especialista. Y aunque pasar la vida con los ojos detrás de un microscopio pudiera parecer rutinario, para ella es una expresión máxima de felicidad.
Hoy, el Hospital Gustavo Aldereguía Lima vuelve a abrir sus puertas a Melvys. El laboratorio le ofrece nuevos éxitos profesionales, y ella es feliz por la oportunidad de poner la carrera que tanto ama al servicio de la humanidad.


No hay comentarios:
Publicar un comentario