Fue Humberto Solás quien la descubrió en Baracoa, y fue ella quien nos descubrió a nosotros: que el cine podía tener rostro de pueblo, de sierra, de mujer. Desde Manuela (1966) hasta Lucía (1968), Adela no actuó: vivió en la pantalla. Su autenticidad, su fuerza, su mirada, marcaron un antes y un después.
Vivió como filmó: con dignidad, sin artificios, fiel a la tierra y a la verdad. En su casa de Cuabitas, entre plantas y memorias, seguía siendo esa mujer que no se dejaba nombrar leyenda, pero que lo era.Gracias, Adela, por enseñarnos que la grandeza no necesita adornos. Que la historia también se escribe con silencios, con gestos, con raíces. Que hay miradas que no se apagan. Que la tierra te sea leve, flor de la Sierra.

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