María Elena Cabreras Cabrera es productora de tabaco. También entrega sus días al sector estatal como especialista de la tierra en la Empresa de Tabaco de Pinar del Río. Su historia con la tierra comenzó antes de que pudiera pronunciarla: nació y creció en la finca que fue de sus abuelos y que, tras la Ley de Reforma Agraria, pasó a ser patrimonio familiar. Desde entonces no ha desandado ese suelo. A sus 38 años, toda su vida ha sido un largo diálogo con los surcos.
Durante años trabajó 4.5 hectáreas propias. Luego, gracias al Decreto Ley 358, su horizonte se ensanchó: hoy cultiva alrededor de 17 hectáreas, donde el tabaco convive con cultivos varios y ganado. Su mayor desafío es seguir creciendo. Sueña con tener su propia escogida, con disponer de cada herramienta necesaria, con ver multiplicarse la calidad y la abundancia. No se impone límites porque no los siente. Su impulso natural es avanzar.
Sabe que, por ser mujer, a veces se entra a ciertos espacios bajo miradas que murmuran sin voz: “Esa no va a poder”. Pero ha aprendido que muchas barreras nacen dentro de uno mismo. Cuando la subestiman, no se repliega: vuelve, insiste, demuestra. Y al final, la evidencia queda sembrada como una verdad simple: una mujer puede hacer lo mismo que un hombre y alcanzar resultados igual de altos.
En el mundo del tabaco persiste la idea de que los hombres logran mejores cosechas, que el título de Hombre Habano es un destino masculino. Ella piensa que eso pertenece más al eco de las creencias heredadas que a la realidad. Está convencida de que una mujer también puede llegar a ese nivel de excelencia.
Ha tenido la fortuna de contar con un acompañamiento constante. La Federación ha sido un pilar: le abrió puertas, le reveló la dimensión social de su trabajo y la integró a espacios donde ha compartido experiencias productivas y reflexiones sobre la vida política y social junto a mujeres de todo el país. Hoy es miembro no profesional del secretariado provincial, un vínculo que ha marcado su camino con profundidad y transformación.
A las mujeres les habla desde dos lugares: desde la productora y desde la trabajadora del sector tabacalero. Siempre que puede, busca a quienes desean acercarse a la tierra. Les dice: “Si yo, que soy como ustedes, tengo mi propia vega, ¿por qué ustedes no podrían?”. La tierra enseña a ver el milagro desde cero: desde la semilla hasta el fruto. Y no hay satisfacción mayor que saber que lo lograste con tus propias manos.
Su mensaje es claro como el amanecer sobre la vega: la tierra no discrimina; florece con quien la trabaja. Y las mujeres, todas, llevan dentro la fuerza para hacerla florecer.
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