sábado, 10 de enero de 2026

Los pasos nunca perdidos de Carpentier

 


Por Marilys Suárez Moreno

Este año que ya concluye, uno de los más grandes y excelsos escritores de las letras hispanoamericanas habría cumplido 121 años de su nacimiento en Lausana, Suiza, el 26 de diciembre de 1904. Lo recordamos también en el aniversario 45 de su fallecimiento, ocurrido en París el 24 de abril de 1980, a los 75 años.

Hablar de su vasta obra literaria, de su pasión profunda por la música y de su poesía —menos conocida, quizás— es acercarse a la figura de un hombre universal, pero de raíz netamente cubana, como él mismo se consideraba.

Hijo de padre francés y madre rusa, Alejo Carpentier Valmont llegó a La Habana a los cuatro años. Allí realizó sus primeros estudios e incluso matriculó la carrera de Arquitectura en la Universidad de La Habana, que luego debió abandonar tras el divorcio y la partida de su padre.

Sus progenitores le enseñaron literatura —el padre— y música —la madre—, artes que lo marcaron profundamente y que, de cierta manera, encauzaron su destino lejos de la Arquitectura, disciplina que también amaba. La ausencia paterna lo obligó a trabajar para sostener a su madre y a sí mismo.

Durante su etapa universitaria, el joven Alejo formó parte del Grupo Minorista y fue uno de los impulsores de la nueva corriente estética que defendían numerosos intelectuales de la época. También se implicó en la política y en actividades artísticas que, desde esa óptica, se convirtieron en espacios de lucha contra la dictadura de Gerardo Machado.

En 1928 se radicó en París, donde escribió textos para óperas, ballets, cantatas y operetas, colaborando con compositores de renombre universal, entre ellos los cubanos Amadeo Roldán y Alejandro García Caturla.

Marcado por el mestizaje cultural de sus raíces, Carpentier brilló con luz propia en diversas manifestaciones de la cultura, así como en la diplomacia, el magisterio, el folklorismo y el periodismo, que ejerció desde las páginas del diario caraqueño El Nacional y en periódicos y revistas habaneras.

De regreso en La Habana, se dedicó a la difusión de obras musicales. Descubrió las partituras del compositor santiaguero Esteban Salas, perdidas en los archivos de la Catedral de Santiago de Cuba, y en 1946 escribió los tres tomos de Ese músico que llevo adentro o La música en Cuba.

De sangre francesa por vía paterna, su erudición lo llevó, con pupila de hombre asombrado, a nutrirse del torrente cultural de la Europa de su tiempo y del Caribe en toda su dramática realidad.

El escritor excepcional de El siglo de las luces, El reino de este mundo, Los pasos perdidos, El recurso del método, La consagración de la primavera, Concierto barroco, El arpa y la sombra —su última novela— y ¡Ecué-Yamba-O! —la primera—, entre otras obras cumbres, encarnó en lo personal y en lo artístico la teoría de lo real maravilloso, que definió como crítico y desarrolló como novelista, según uno de sus biógrafos, el periodista, investigador literario y poeta Ángel Augier.

Carpentier fue un apasionado de la naturaleza y de las esencias caribeñas y latinoamericanas, que captó con magistral sensibilidad narrativa y cultural. Supo tender, con la maravilla de su pluma, un puente hacia un periodo significativo de la historia y la cultura universal.

Vivió muchos años entre La Habana, París y Caracas. Y aunque su obra narrativa lo llevó a la cumbre de las letras, nos legó también un libro esplendente y de indiscutible valor para comprender la cultura cubana: La música en Cuba, un estudio imprescindible cuyos textos aparecieron en publicaciones periódicas entre 1921 y 1974.

El Caribe y las Antillas le inspiraron poemas y otros textos vivificantes, con raíces africanas y elementos religiosos y musicales de carácter étnico. Fue este un leitmotiv natural de su labor como novelista, que desarrolló con hondura magistral y donde alcanzó sus mayores y más resonantes éxitos.

A 45 años de su deceso en París, el Carpentier que nunca perdió los pasos de la cubanía que lo sustentaba fue Agregado Cultural de la Embajada de Cuba en Francia y desempeñó cargos similares en otras instituciones europeas en representación de la Isla.

Por su obra, reconocida mundialmente, obtuvo los premios Miguel de Cervantes y Médicis, en 1978 y 1979, además de otras distinciones. Pienso que, de mediar otras circunstancias, habría merecido también el Premio Nobel de Literatura, que en buena lid habría coronado su inmensa obra.

No hay comentarios:

Publicar un comentario