martes, 24 de febrero de 2026

Una guerra necesaria


El 24 de febrero de 1895 comenzó por el Oriente cubano, la última guerra de nuestra independencia.


Por Marilys Suárez Moreno

Aquel que dijo: "La esclavitud de los hombres es la gran pena del mundo", se preparó para la última batalla .Y aunque las guerras nunca son necesarias, esta que Martí organizó desde el exilio, no solo era necesaria, sino imprescindible en aquel momento histórico.

Las condiciones estaban dadas, al imperialismo naciente le interesaba controlar la economía nacional. Los desajustes sociales, las contradicciones, la represión de la Metrópoli y las ansias libertarias de los cubanos, convocaban a la guerra necesaria, como la definió Martí, su organizador y jefe.

De hecho, el amor a la libertad y la independencia estaban vivos en Cuba y así lo comprendió el Apóstol de nuestra Independencia, apenas se puso en contacto con los cubanos de la Isla y en la emigración. 

La nueva organización de la guerra que preparaba no se proponía solo poner fin al colonialismo hispano, sino “defender en la patria redimida, la política popular”, dijo, convencido de que mediante el enfrentamiento bélico Cuba alcanzaría la independencia.

El Partido Revolucionario Cubano, las prédicas martianas en el periódico Patria, el pueblo cubano dando su mayor ayuda desde la emigración, más los hombres del 68 dispuestos de nuevo a la pelea en el campo insurrecto y el propio Martí llamando a la insurrección, hicieron que aquel domingo 24 de febrero, estallara incontenible en Baire, Oriente del país, La Guerra del 95.

Los principales jefes de la Guerra de los Diez Años respondieron al llamado de Martí y se enrolaron en la que fue la última guerra de independencia contra el colonialismo español. Con la experiencia de la llamada Guerra Grande, el apoyo de las fuerzas populares y políticas y una mayor conciencia de nación, se inició esta lucha necesaria.

Al llamado Grito de Baire, generales como Guillermón Moncada, Bartolomé Masó y Antonio Maceo, quien lo hizo tras la reunión de La Mejorana, en mayo de ese año, fueron los primeros en levantarse en armas.

Con aquel alzamiento Martí, quien no pudo arribar a Cuba hasta abril, aspiraba a que la llama de la rebeldía prendiera en toda la Isla y que la Guerra Necesaria tuviera, como solía decir, la brevedad y la eficacia del rayo. Ese día comenzó la lucha que nos independizó de España y que requirió enormes esfuerzos de Martí para lograrlo y duros reveses también.

El Partido Revolucionario que había fundado en 1892, permitió a Martí organizar la conspiración. Tuvo en cuenta, por supuesto, todos los factores que condujeron al fracaso de la llamada Guerra Grande y de la llamada Guerra Chiquita, y como el gran conductor político que era, supo aunar voluntades, limar asperezas y liquidar viejas rencillas entre los hombres cuya presencia y concurso eran necesarios para conseguir la victoria. “No se funda un pueblo ni su partido para hoy, sino para mañana”, escribió.

Los historiadores concuerdan en que la grandeza de Martí estuvo en unir a los veteranos del 68 con la nueva generación en una concepción estratégica única y una dirección centralizada. 

Con paciencia e inteligencia, Martí creó el ambiente político favorable al independentismo en el exilio y logró convencer a los generales de la primera guerra para su reincorporación a la lucha a iniciar.

Valga recordar que todas estas luchas por la libertad y la definitiva independencia de la patria han contado siempre con el concurso de las mujeres cubanas. 

Tanto las que se fueron a la manigua con sus familias y laboraron como enfermeras y combatieron como soldados, como las que, obligadas por el destierro forzoso, prestaron importantes servicios en los clubes de la emigración, así como correos, recaudadoras, conspirando y en otras actividades de carácter político a favor de la causa independentista de Cuba.

Como dijo Fidel, Martí recogió las banderas de Céspedes, de Agramonte y de los héroes que cayeron en aquella lucha de 10 años; y llevó las ideas revolucionarias de Cuba en aquel período a su más alta expresión.



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