Por Aime Sosa Pompa
Son las 5:03 de la mañana, y, antes de todo, viene el pinchazo. No es un despertar extraño o diferente, es un ritual de supervivencia desde que las insulinas se convirtieron en mi sombra. La jornada es apretada, por eso todo se hace mucho más temprano. Si antes el aroma del café recién colado era un súper placer; ahora es una tentación de cálculo porque debe ser sin azúcar, a veces discuto fuerte, fuerte, fortísimo con la costumbre. Mi mano derecha, casi por inercia, acaricia la pequeña loma del brazo izquierdo, un mapa de punciones que se ha vuelto familiar y que lo mismo está en los muslos o como puntos finos alrededor del ombligo. “Hoy debo cambiar la jeringuilla, la punta no da más”, susurro en medio de un aseo delicado en grado cero de contaminación, nada puede sorprenderme.



